jueves, 29 de febrero de 2024

- REIVINDICANDO A ESCUREDO.

 Reivindicando a Escuredo.

·         La Andalucía moderna e institucional nace con Rafael Escuredo, el primer presidente elegido en urnas de la comunidad autónoma y líder de la rebelión popular que supuso el referéndum del 28F

Lola Tortosa  @lolatortosa

Imagen de archivo de Rafael Escuredo Canal Sur Media

27 de febrero de 2024 20:06hActualizado el 28/02/2024 10:33h

     Llueve por fin en Andalucía este invierno vísperas del 28F y las banderas españolas que aún ondean en algunos balcones se arrugan empapadas. Deslucen con la lluvia esas banderas invocadas por algunos alcaldes de la derecha contra Pedro Sánchez y los acuerdos del presidente del Gobierno con los independentistas para pacificar Cataluña. Qué melancolía trae la lluvia. Hubo un tiempo hace años en el que “cada casa era una bandera de Andalucía”, de autobuses y coches “con la verde y blanca ondeando”, de mítines de miles de corazones “estallando de ilusión, esperanza y rebelión ante siglo y medio de injusticia y abandono”. Hubo un hombre que lideró aquella rebelión para que Andalucía tuviera los mismos derechos y privilegios, ni más ni menos que Cataluña y País Vasco. El entrecomillado son frases suyas cuarenta años después. Las del socialista Rafael Escuredo, el primer presidente autonómico elegido en las urnas en Andalucía, líder político en el proceso autonómico, artífice principal del referéndum del 28 de febrero de 1980, que dio a Andalucía la autonomía de una nacionalidad histórica, como recoge la Constitución. Hubo otros protagonistas políticos en la gesta de un pueblo doblando el pulso a los constituyentes, pero cada año que pasa el suyo se agranda. La Andalucía institucional y moderna nace con la figura de Rafael Escuredo.

Para la izquierda y, parte de la derecha, es un referente, pero 44 años después no se le ha dado el lugar merecido. Todos le han sacado como un paso de Semana Santa cada 28 de febrero, como él mismo dijo con sarcasmo en una entrevista del periodista Rafael Rodríguez en 2020. “Me lanzaban dos o tres saetas y otra vez para dentro”. No se trata de medallas o de títulos, que los tiene. El PSOE de Juan Espadas y Manolo Pezzi ha reaccionado para reivindicar su legado y que la historia de Andalucía se escriba con su nombre como protagonista. Quizás un poco tarde. Ha tenido tres décadas para hacerlo. Ha hecho falta que el PP alcanzara el gobierno de la Junta de Andalucía con su propio relato y que Escuredo escribiera un libro para desmemoriados, junto a Juan Cano Bueso, - “Valió la pena. La lucha de Andalucía por su autonomía”-. “Aquello fue una lucha en solitario del pueblo andaluz para situar a nuestra tierra en el lugar que le correspondía”. A Escuredo parece preocuparle más que los hechos no se olviden y que se traslade a las nuevas generaciones el esfuerzo de lo que se logró, su valor político y lo que ha supuesto para la vida de los andaluces. “La Andalucía que nosotros conocimos tenía 1,5 millones de analfabetos”, dijo en aquella entrevista a elDiario.es Andalucía.

Los gobiernos socialistas fueron incapaces de llevar la historia autonómica y el origen de sus símbolos como disciplina de estudio a los colegios. Tampoco el PP ha solventado esa carencia. Los niños y niñas siguen con su mollete con aceite cada 28F.

El olvido de la gesta autonómica es terreno abonado para la renacida ultraderecha, su declarada guerra a las autonomías en general y a los símbolos andaluces en particular. Volviendo a las banderas. Qué nostalgia al ver pasar las tractoradas recientes de las gentes del campo por las calles de las ciudades andaluzas protestando contra su abandono político, enarbolando solo banderas rojas y amarilla en sus vehículos. Hubo aquel tiempo en que todas las protestas campesinas llenaban los campos andaluces de banderas verdes y blancas.

El fracaso de la pedagogía. Un ejemplo de clase de secundaria: Preguntan a los alumnos de un colegio si saben quién es Blas Infante, y responden que un cantante de rap o que un cuentacuentos. Preguntemos a los profesores por la ruta de los pueblos de Blas Infante o por el origen de los símbolos andaluces. Habrá silencios y alguno podría sorprender que Rafael Escuredo es un escritor de novelas. Y no se equivoca. Rafael Escuredo ha escrito una decena de libros de ficción, entre ellos una saga policíaca.

Varias generaciones, la de los menores a 50 años, desconocen la historia de la autonomía de Andalucía, la importancia del 28F y sus protagonistas. Para muchos de los que no vivieron de adultos aquellos días del referéndum, el 28F no es más que un día de fiesta, que siendo escolares celebraron con un desayuno de mollete con aceite de oliva y el himno que nunca aprendieron. Esas generaciones no tienen interiorizado la Andalucía autonómica como un activo político, ni la trascendencia que ha tenido para el bienestar de sus vidas.

Hay culpables. Los gobiernos socialistas sucesores de Escuredo fueron incapaces de llevar la historia autonómica, sus protagonistas, el origen de sus símbolos como disciplina de estudio a los colegios e institutos. Tampoco el PP, pese a lo anunciado, ha solventado esa carencia. Los niños y niñas siguen con su mollete con aceite cada 28F.

Moreno se ha puesto el traje andalucista sin complejos, se exhibe con lugares, personajes y símbolos de la autonomía, ninguneando a sus adversarios de siempre, los socialistas

Durante décadas, las manifestaciones del 4D, germen de la conquista autonómica, y el referéndum del 28F, culmen de la misma, llegan a la opinión publicada según la pugna partidista. Cada partido hace una lectura interesada de su papel en los acontecimientos. La izquierda y andalucistas (socialistas, PCA y PSA) tuvieron un liderazgo en el proceso autonómico, eso es histórico y no se puede ocultar. Los socialistas capitalizaron el sentimiento andalucista por aquel 28F hasta permanecer en el poder 37 años. Se lo deben a Escuredo. Pero a sus sucesores también se les fue la mano dejando fuera a la derecha de aquellos logros, por el hecho de que tanto la UCD como Alianza Popular pidiesen la abstención o el voto en contra en el referéndum del 28F. Ni el consenso del segundo Estatuto en 2007 entre PSOE y PP logró limar el resquemor en este partido.

El vacío didáctico dejado por los socialistas unido al resentimiento de años noqueado cada 28F, ha sido aprovechado por el PP al llegar al Gobierno de la Junta de Andalucía en 2019. Ha impulsado su propia lectura sin apenas contestación ilustrada. “El cuento de que el PP es malo para la autonomía se ha acabado”, frase de Juanma Moreno investido presidente. Moreno se ha puesto el traje andalucista sin complejos, se exhibe con lugares, personajes y símbolos de la autonomía, ninguneando a sus adversarios de siempre, los socialistas. Se apropia del relato hasta el punto de crear con éxito un Día de la Bandera de Andalucía el 4D junto a históricos del PA. En aquellas manifestaciones participaron históricos del centro derecha hoy en el PP.

Comete el mismo error que sus antecesores socialistas. En ese afán de interpretar la historia, el PP busca imponer a Manuel Clavero, el ministro de la UCD que dimitió para apoyar el sí en el referéndum del 28F, como el gran protagonista de la autonomía. Sin aquel apoyo de Clavero, que contagió al electorado de la UCD (este partido obtuvo 24 diputados en las generales de 1979 en Andalucía frente a 23 de los socialistas), probablemente el referéndum hubiera fracasado. El entorno de Rafael Escuredo lo tiene claro: “Votó mucha gente que no era de izquierdas, si no, no sale”. La posición de Clavero “desmonta los miedos del centro derecha”, intoxicada con que el referéndum era una estrategia de los socialcomunistas para hacerse con el poder. (El vocabulario en la derecha para referirse al actual gobierno del PSOE se repite décadas después).

La salud y la edad no le permitiría una huelga de hambre como la que sostuvo para que el Gobierno de la UCD aceptara el referéndum y Adolfo Suárez le dijera una fecha tras aquella histórica entrevista en la Moncloa.

Juanma Moreno reivindica a Clavero porque fue el único político destacado de la derecha que impulsó entre este electorado el sí a la autonomía plena el 28F. Clavero, que soñó con un andalucismo de derechas (Unidad Andaluza) sin éxito electoral, no llegó a militar en el PP como sí hicieron otros dirigentes de la UCD en Andalucía, como Soledad Becerril, que fue alcaldesa de Sevilla, y Francisco de la Torre, alcalde de Málaga. Pero el PP lo ha adoptado como “padre de la Andalucía moderna” por su etapa de ministro que impulsó la arquitectura autonómica. Cuando el verdadero padre de la Andalucía moderna es Rafael Escuredo.

Moreno ha sido osado con el papel de Clavero: Encargó un busto del político para colocarlo en el Parlamento en parangón a los de Blas Infante y el socialista Plácido Fernández Viagas (primer presidente de la junta preautonómica), puso el nombre de Clavero a la sala de reuniones del Consejo de Gobierno y creó en 2020 una medalla con su nombre en la gala de premios institucionales del 28F. Hasta esa fecha Clavero y Escuredo eran ambos hijos predilectos de Andalucía. La misma distinción. Desde entonces, Rafael Escuredo es medalla del premio Manuel Clavero. El premio de la humillación. “Ellos quieren ser conversos, bienvenidos, pero que no cambien la historia. Moreno no fue el primero, fue Escuredo”, Pezzi a simpatizantes socialistas. 

Rafael Escuredo, que acaba de cumplir 80 años, sigue siendo un rebelde. La salud y la edad no le permitiría una huelga de hambre como la que sostuvo para que el Gobierno de la UCD aceptara el referéndum y Adolfo Suárez le dijera una fecha tras aquella histórica entrevista en la Moncloa. “¡Qué gol le he metido!”, le dijo al salir al periodista Enrique García. Sigue publicando novelas (‘Sombras de luz’ en 2023) y mantiene el vigor de siempre para analizar sin ataduras la política actual, ahora con otro megáfono, el de las redes sociales. Defiende la amnistía en Cataluña sin paños calientes y arremete contra los críticos de su partido con Pedro Sánchez, desde Felipe y Guerra al presidente de Castilla la Mancha. “El presidente Page dice que no entiende la política de Pedro Sánchez, olvidando que somos decenas de miles los que no entendemos la suya”, posteó en X (antes Twitter) el pasado 13 de enero.

 

sábado, 24 de febrero de 2024

- INTERÉS HUMANO.

 INTERÉS HUMANO.

Cristina García Casado  23 de febrero de 2024 @criscasado__

 Hay momentos de los que nunca olvidaremos dónde estábamos. Cuando mataron a Miguel Ángel Blanco, cuando cayeron las Torres Gemelas, cuando explotaron los cercanías de Madrid, aquella noche de viernes con París acribillada... Son sucesos que no pertenecen a nuestra estricta biografía, pero la detienen. Cómo nos enteramos, quién nos lo contó, cuál fue la primera grieta en la normalidad de ese día.

Todos recordaremos dónde estábamos cuando comenzó a arder un edificio de 138 viviendas en Valencia. Cuando los bomberos rescataron a una pareja atrapada durante dos horas en un balcón rodeado de fuego; cuando se supo que una familia con dos hijos pequeños había muerto refugiada en su baño. Algunos dicen que corremos a poner la televisión o la radio y no nos despegamos por morbo. Yo nos tengo en mejor consideración: creo que lo hacemos porque es lo único que podemos hacer. Creo que es una manera de acompañarnos. De estar menos solos tras cada brutal recordatorio de lo que olvidamos para poder vivir: que en un segundo todo puede cambiar, dejar de ser.

Cuando una tragedia interrumpe la rutina y nos pone frente a la fragilidad de la vida, entra en máximo funcionamiento la empatía, lo que en la clasificación temática del periodismo se llama “interés humano”. Nos mantenemos atentos a los directos que repiten las mismas imágenes a la espera de conocer las historias, con la esperanza de que la brutal tragedia encierre un cierto milagro: que la mayoría de los casi 500 vecinos de un edificio de 14 plantas lograran escapar de un fuego voraz y velocísimo.

Algunos dicen que corremos a poner la televisión o la radio y no nos despegamos por morbo. Yo No os tengo en mejor consideración: creo que lo hacemos porque es lo único que podemos hacer. Creo que es una manera de acompañarnos

Los milagros suelen tener nombre. En el incendio de Valencia uno se llama Julián, el portero del edificio que pudo haber salido corriendo por su vida y no lo hizo. Fue tocando puerta por puerta para advertir del fuego y ayudó, junto con otros vecinos, a que pudieran escapar personas con dificultades de movilidad. Cuentan también que hosteleros de la zona comenzaron a llamar a sus habituales, porque sabían que vivían ahí. El fuego se vio antes desde fuera y algunos de los de dentro pudieron salir a tiempo porque alguien les avisó. El milagro tuvo otro nombre: comunidad.

Pasaron apenas diez minutos entre que salieron del edificio y vieron cómo ardían sus casas. Diez minutos entre lamentar haberse quedado sin nada y entre no tener la oportunidad de lamentarlo. Las instituciones y la sociedad, como suele ocurrir en este país solidario, se han volcado en acciones con un mensaje: no estáis solos. Estado del bienestar es exactamente eso. Que después de ti mismo, de tu salud, de tu familia, de tus amigos, de tu casa, de tu trabajo, de tu buena o mala suerte, hay una red más amplia que no te dejará caer. Es incondicional y es para todos.

Ojalá quienes se quejan de pagar impuestos, quienes los esquivan, pusieran la televisión este jueves. Eso que vimos en directo son nuestros impuestos. Y gente extraordinaria que, de todas las profesiones que hay, escoge unas en las que cualquier tarde puede parecerse a ese horror. Un despliegue impresionante y conmovedor de lo que conseguimos juntos con nuestra aportación: unos servicios públicos que están listos, con su capacidad de reacción y su excelencia, para esos momentos cuando todo estalla. 

viernes, 23 de febrero de 2024

- AYUSO Y LAS FRUTAS.

 Ayuso y las frutas.

Miguel Lorente Acosta

22 de febrero de 2024 @Miguel__Lorente

Isabel Díaz Ayuso ha contestado a Pedro Sánchez, tras referirse al caso protagonizado por su hermano que su propio partido cuestionó, y ha terminado con un “me gusta la fruta”, es decir, llamando de nuevo al Presidente “hijo de puta”.

Ferdinand de Saussure fue un lingüista suizo que a principios de siglo XX diferenció entre el “significado” y el “significante” de las palabras. Explicaba que el significante eran los signos lingüísticos que forman la palabra, morfemas cuando es escrita o fonemas cuando se pronuncia, mientras que el significado es la idea que nos viene a la cabeza con la palabra. De manera que si, por ejemplo, escuchamos o leemos la palabra “casa” nos imaginamos un edificio donde habitan las personas.

Charles Sanders Peirce incorporó un tercer elemento para explicar la comunicación y el análisis lingüístico, y fue el de la “referencia”. La referencia es la realidad que da sentido a los signos que forman las palabras y a su significado con relación al contexto, de manera que una misma palabra puede tener significados diferentes según el marco en el que se utilice. Bajo esa idea, si volvemos a la palabra casa y decimos “el niño juega en casa”, se entiende que está jugando en su hogar, pero si se dice que “un equipo de fútbol juega en casa”, lo que se entiende es que lo hace en el campo de las instalaciones del propio club, no en el hogar de los jugadores.

Ayuso y su equipo pueden pensar que son muy ocurrentes, pero la expresión creada “me gusta la fruta” para ocultar que llamó “hijo de puta” al presidente del Gobierno, y su repetida utilización en diferentes actos y momentos, es tan directa como llamarlo explícitamente “hijo de puta”, lo cual plantea dos cuestiones.

La primera es la utilización del insulto en política, algo que cada vez es más frecuente, dentro y fuera de los Parlamentos. El recurso al insulto, al margen de las consideraciones más elementales sobre la falta de educación, que tanto gusta exigir desde determinadas posiciones conservaras, demuestra la pobreza y la falta de ideas para argumentar de manera razonada sobre lo planteado, y las limitaciones para criticar a la persona en cuestión sin necesidad de llegar a insultarla. Y si el insulto es criticable en cualquier circunstancia, aún lo es más en política, pues la responsabilidad del ejercicio público viene definida por convivir y compartir trabajo y escenarios con quienes piensan de manera diferente, por lo que el respeto en política debe ser un ejemplo de convivencia para la sociedad. No comportarse de ese modo y utilizar insultos también actúa como ejemplo, pero una ejemplaridad negativa que pretende que otras muchas personas (en las instituciones, medios, redes y sociedad) también insulten en busca de su trocito de reconocimiento por parte de los suyos. Y está claro que la insistencia de Ayuso en el uso de “me gusta la fruta” forma parte de esa incitación al insulto y a los ataques que con tanta frecuencia se observan.

La segunda cuestión, aún más inaceptable, es utilizar la prostitución y a las mujeres que la ejercen como insulto, reforzando la construcción machista de la prostitución, que atrapa y esclaviza a miles de mujeres para disfrute de los hombres y que estos puedan expresar su sensación de poder a través del sexo. Cada vez que Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, dice o escribe “me gusta la fruta”, está utilizando a las “putas” de una sociedad machista en beneficio propio. Y si ya es terrible la cosificación y sexualización de las mujeres, y su expresión en grado extremo por medio de la prostitución, más terrible es que sean instrumentalizadas por parte de una máxima responsable de la política entre bromas y risas.

En los años 80, la compañía Cofrutos sacó una campaña de publicidad sobre sus zumos con el eslogan “De fruta madre”, y en aquel entonces el organismo de autorregulación publicitaria, “Autocontrol”, retiró los anuncios por su vínculo con el significado dado por la realidad social, y su asociación con la expresión de uso común “de puta madre”.

Como se puede ver, Díaz Ayuso no es nada original en sus ideas, lo sorprendente es que la misma sociedad que hace 40 años era capaz de evitar que una frase que pudiera dar lugar a banalizar un insulto y a la instrumentalización de las mujeres que ejercen la prostitución, hoy aplauda y apoye a una lideresa política que no sólo insulta, sino que también da muestras suficientes de desprecio a las personas más vulnerables de nuestra sociedad.

Miguel Lorente Acosta es médico y profesor en la Universidad de Granada y fue delegado del Gobierno para la Violencia de Género.

miércoles, 21 de febrero de 2024

- NO, NO IBAN A MORIR IGUAL.

 No, no iban a morir igual.

Marta Jaenes  @MartaJaenes

Son dos momentos casi paralelos en el tiempo, aunque en escenarios muy diferentes. El primero ocurre en la Asamblea de Madrid. Allí, una portavoz de Amnistía Internacional critica con dureza la gestión del gobierno de Ayuso en las residencias de ancianos durante la pandemia. Describe un infierno dentro de los centros, asegura que se produjeron violaciones de derechos humanos y que los mayores murieron abandonados a su suerte. Con sufrimiento. Encerrados, sin saber de sus familias, en soledad. Es el relato del horror que ya hemos escuchado otras veces a familiares y trabajadores, pero no por ello deja de poner los pelos de punta. 

El segundo tiene lugar a menos de 6 kilómetros de allí, en el centro de la capital, en un desayuno informativo en el Hotel Ritz en el que participa la presidenta de la Comunidad. Ayuso insiste en que la catástrofe que se vivió en Madrid -7291 personas muertas en residencias sin recibir la atención sanitaria que necesitaban- se vivió por igual en toda España y que el traslado de los enfermos a los hospitales no garantizaba su supervivencia. Que iban a morir igual. Es la argumentación del gobierno de Ayuso que ya hemos escuchado tantas veces, pero no por ello deja de resultar demoledor.

Lo cierto es que los datos desmontan sus palabras (aquí pueden leerlo). Es innegable que la situación fue dramática en toda España. Y hubo comunidades con una tasa de mortalidad muy alta, como Cataluña, que también estableció criterios para atender o no a los pacientes. Pero fue Madrid la única que aplicó los ‘Protocolos de la Vergüenza’, desvelados por el periodista Manuel Rico en infoLibre, que establecieron qué residentes podían ser trasladados al hospital según su nivel de dependencia e independientemente de su edad. 

¿Cómo no van a indignar las palabras de Ayuso a los familiares de las 7291 personas que murieron de una forma cruel e indigna en las residencias? Resulta tremendamente doloroso comparar la muerte de un paciente en un hospital, con medios y atendido por personal médico con la de alguien que murió solo, agarrado a los barrotes de la cama, asfixiado, sin poder respirar, como contó una trabajadora en la comisión de investigación ciudadana el verano pasado.  O a los que murieron de hambre o sedados sin saber si tenían covid, como han relatado algunos sanitarios. ¿Cómo no van a sentir rabia esas familias?

Es uno de los capítulos más trágicos de nuestra historia. Excepcional, podrán pensar. Pero por desgracia, lo que ocurrió durante la pandemia no sólo es un síntoma. Lo que ocurrió en esos terribles meses puso sobre la mesa la enfermedad que sufre la atención a los mayores en nuestro país. Porque demostró que más allá de las redes familiares, de las que no todo el mundo puede echar mano, esa atención es fallida. Y no funciona, porque el estado del Bienestar -ese que sí se ha preocupado por las pensiones- todavía tiene como tarea pendiente el cuidado de los más mayores. 

Lo primero, porque el modelo está altamente privatizado. En España hay 1.642 residencias públicas frente a los 3.925 centros privados. Es decir, la oferta pública es infinitamente inferior. Tiene una explicación que cualquiera que haya tenido cerca a algún trabajador o trabajadora de estos centros conocerá bien. Hay poco personal, mal pagado y con una carga de trabajo extenuante. Por lo tanto, quien tiene recursos, optará por la privada. Es el mismo modelo neoliberal que se aplica en la sanidad. La vejez nos devuelve así el reflejo de la clase social a la que pertenecemos cuando más indefensos y vulnerables somos. Es nuestro bolsillo el que decidirá si estamos protegidos y atendidos. Quien no lo esté, morirá como pueda. Desamparado. Ocurrió también durante la pandemia: la Comunidad sí permitió el traslado de los ancianos que tenían seguro médico. Al resto, se le negó esa opción. Es evidente: no, no se iban a morir igualmente. Y no, no todos murieron de la misma manera. 

Durante su intervención en la Asamblea de Madrid, Carmen Miquel, la portavoz de Amnistía Internacional, enumeró los cinco derechos fundamentales que, según esta organización, Ayuso vulneró con los llamados ‘Protocolos de la Vergüenza’: el derecho a la vida, a la no discriminación, a la salud, a la vida privada y familiar y al de una muerte digna. En paralelo, Isabel Díaz Ayuso aseguró que la izquierda está a un paso de acusarla de un genocidio. Es la justicia la que deberá determinar la responsabilidad de cada uno. Mientras, el resto de la sociedad deberíamos hacernos una pregunta: ¿queremos vivir en un modelo de sociedad que arrincona así a los mayores? La respuesta ni puede ni debe esperar a otra pandemia.

lunes, 5 de febrero de 2024

- JUECES BLINDADOS.

Jueces blindados.

DAVID BOLLERO

05/02/2024

https://blogs.publico.es/david-bollero/2024/02/05/jueces-blindados/?doing_wp_cron=1707133154.4949419498443603515625

El juez Manuel García Castellón ha abierto la caja de Pandora. Con sus polémicas actuaciones, cuestionadas incluso por los fiscales conservadores de la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo, se pone encima de la mesa si la judicatura ha de ser intocable. ¿Por qué los y las magistradas han de estar blindados contra la crítica, como parece defender la judicatura? ¿De veras opinar sobre sus actuaciones pone en riesgo la división de poderes o más bien su estatus quo elitista? 

A nadie le agrada que terceros critiquen su trabajo. Los jueces no son una excepción, pero no por ello deben permanecer en una urna de cristal, protegidos de cualquier crítica. La valoración de sus actuaciones no debería representar problema alguno; no acatar sus sentencias sí, pero no es el caso. Nuestro estado de derecho y la división de poderes se basan precisamente en eso, en el respeto a las decisiones judiciales, su acatamiento, algo que no es incompatible con la crítica a esa sentencia.  

A pesar de esta obviedad, la judicatura se siente estos días agraviada, aunque no son pocos sus miembros que asisten atónitos a la actuación de alguno de sus colegas. Tiene razón el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en afirmar que existen mecanismos, como los recursos y las apelaciones, si no se comparten los fallos judiciales, pero de nuevo nos topamos con otra obviedad: ¿acaso no se puede emitir una crítica al tiempo que se recurre una sentencia?  

Por otro lado, este argumento es de ida y vuelta, es decir, en lugar de soliviantarse tanto cuando se emiten críticas, la judicatura debiera pensar que son precisamente esos recursos y apelaciones, juzgados por sus propios colegas, la mejor defensa a la crítica. Son como una suerte de golpe en la mesa acallando la sala, pues la ratificación de una decisión judicial suele bajar la temperatura de la crítica. Además, cuando no se produce tal ratificación y se modifica sustancialmente una sentencia, apenas se dirige la mirada al juez que falló inicialmente. Son precisamente todos estos recursos ganados los que más incentivan la crítica legítima.

El fiscal de 'Tsunami' carga contra García Castellón por la "falta de argumentos" para investigar a Puigdemont por terrorismo

Por otro lado, con su mandato caducado desde hace años, el CGPJ no está para dar muchas lecciones de moralidad, aunque sus magistrados anden ahora agitados buscando formar un bloque compacto que les blinde a las críticas. No recuerdo tal frente común cuando otro juez instructor, José Castro, investigaba a Iñaki de Urdangarín y la infanta Cristina por el caso Nóos y fue cosido a críticas desde los sectores más conservadores. Pareciera que unos jueces importen más que otros o, quizás, quienes desequilibran la balanza de la igualdad son las personas imputadas... es algo sobre lo que el CGPJ debiera reflexionar. 

Las decisiones judiciales han de respetarse y acatarse hasta que la Justicia no diga lo contrario. Ese es un principio democrático básico que absolutamente nadie ha puesto en cuestión. Así pues, quienes pierden tiempo y energía tratando de impedir el escrutinio público de las actuaciones debieran trabajar su capacidad de frustración.  Aplicar la ley no es un ejercicio automático, es decir, no siempre una acción A lleva a una sentencia B; requiere interpretar tanto la ley como los hechos que se someten a ella. Si juzgar los hechos estuviera sujeto a una rigurosa objetividad, bastaría un puñado de computadoras para agilizar el atasco judicial que sufrimos. Así pues, esta necesidad de interpretación justifica la existencia del mismo juez, pero del mismo modo e inevitablemente abre la puerta a la crítica legítima.