domingo, 23 de febrero de 2014

- LA MEZQUITA CATÓLICA O EL EXPOLIO DE LA IGLESIA.

La mezquita católica.

mezaquitaHay un cierto revuelo en Córdoba porque, en 2016, la mezquita pasará a ser propiedad de la iglesia católica ad aeternum, o como se diga, si Dios no lo remedia. La mezquita fue inscrita como propiedad de la iglesia católica en 2006, aprovechando una reforma de la ley hipotecaria que se lo puso a huevo a monseñor Rouco Varela. Gracioso es que esta mezquita, explotada por la curia española, ya no se llame mezquita, sino catedral, lo que dice muy mucho del respeto de nuestra iglesia hacia la cultura, la historia y el idioma.

Una plataforma ha reunido 80.000 firmas en unos días para recuperar la titularidad pública de la mezquita cordobesa, un templo de mayores dimensiones y, según algunos sabelotodo, de mayor valor artístico que la Basílica de San Pedro. En eso no me meto, pues en arquitectura ando algo bobo últimamente.

Pero me sigue pareciendo algo anacrónico que la iglesia continúe poseyendo la titularidad de algo a lo que llamamos patrimonio cultural. No porque le vaya uno a negar a la iglesia (a cualquier iglesia, no solo la católica) el mérito de haber sido garante de la conservación de grandes obras durante siglos y centurias. No. Pero es que la iglesia ha demostrado que, al final, como intuyó Umberto Eco, tiene tendencia a despistar entre incendios y venenos el tercer libro de la Poética de Aristóteles. O sea. Que solo conserva aquella cultura que el curilla de turno no considera pecado. Y eso es ligeramente reprochable.

Cuando la guerra civil, la matanza fascista de maestros y profesores españoles fue alegremente aplaudida por nuestras autoridades eclesiales, que estaban deseosas de impartirnos las matemáticas bajo el dogma de que tres es uno, y la biología basándose en el hecho de que una chica puede ser preñada por un arcangélico palomo. En la iglesia de base, mientras, eran sancionados los sacerdotes que se jugaban la sotana intentando escolarizar a los niños barriobajeros que tiraban de navaja en cuanto salía la luna. Ni una cosa ni la otra.

El hecho de que la iglesia católica, o cualquier iglesia, pueda ser la propietaria de una belleza infinita como la mezquita de Córdoba, patrimonio de la Humanidad, es una sinrazón. Si aceptamos tal barbaridad, cualquier día Adelson se compra la Catedral de Santiago e instala allí un Eurovegas. Porque no veo yo que haya mucha diferencia entre un papa de Roma y el tal Adelson, salvo por el hecho de que al papa de Roma le ponen más sencillos los negocios.

Una mezquita no puede ser, por lógica primaria, patrimonio de la Humanidad y al mismo tiempo propiedad de un señor intransigente y con hisopo. Si es patrimonio de la Humanidad, una de cada 7.000 millones de partes de esa mezquita es mía, y otra parte similar es tuya.

A falta de estatura intelectual, la curia es muy amiga de apropiarse de muy bellos y altos edificios. Como si un orate orando dentro de una catedral pareciera menos orate (que lo parece). No le afeo la afición. Pero ya quizá sea tiempo de ir controlando un poco lo que hace y deshace la iglesia en nuestro patrimonio cultural, pues la piedra de nuestras catedrales, sus frescos, sus cuadros y sus estatuas son tan aconfesionales como nuestra Constitución (disculpad la carcajada). Yo no propongo arrancar a los curas de las catedrales e impedirles dar misa en ellas, pues la ignorancia que propalan de voz se compensa con los ecos de piedra culta que llegan a las almas de los feligreses en forma de arte. Pero es que las catedrales se están cayendo. Y, como Fátima Báñez, lo único que se le ocurre a la curia es rezar para que otro arcangélico palomo frene el derrumbamiento. Y el arcangélico palomo anda ya muy ocupado preñando beatas por inseminación colombófila, y no le queda tiempo para más. Palabra de Dios. Yo casi prefiero a Adelson.

P.S. Si algún lector tiene alguna duda sobre las capacidades del palomo para salvaguardar mezquitas, que firme aquí:

http://www.change.org/es/peticiones/salvemos-la-mezquita-de-córdoba-por-una-mezquita-catedral-de-todos

Aníbal Malvar.    Publico.es

sábado, 15 de febrero de 2014

- LAS MUJERES DEL PP.

Vergüenza de mujeres, las del PP.

El ministro Alberto Ruiz Gallardón está que se sale con la cosa del aborto. Su ley llega a desvelarnos que “la norma tendrá un efecto positivo sobre la economía porque aumentará la natalidad”. Traducido al castizo: robarle a la mujer la potestad sobre su cuerpo es un negociazo para España. A mí me suena a prostitución a la católica, que es la que le gusta al machismo del PP: la mujer como paridora de mano de obra barata. En la última sesión parlamentaria de control al Gobierno la diputada socialista Soraya Rodríguez le ha recordado al ministro que ese fue el argumento del dictador comunista rumano Nicolae Ceaucescu para justificar su ley del aborto.

Si uno se para a pensar, es posible darle la vuelta al economicista razonamiento gallardoniano con facilidad pasmosa. Lo que va a provocar esta ley, en el aspecto económico, es una fuga de capitales, pues nuestras mujeres se irán a abortar, pagando, a países con legislaciones menos carcas.

Da asco, miedo y tristeza una ley que mezcla la tragedia de abortar con la balanza económica. Yo no sé cuántas diputadas, senadoras, alcaldesas y concejalas del PP habrán abortado alguna vez, pero calculo que bastantes. O sea, que saben que el aborto no es una afición alegremente follandera, sino un rayo terrible en el cerebro y en el vientre de la mujer. Y del hombre.

No sé si ya lo he contado alguna vez. Cuando yo era un chaval, tuve que llevar a una novieta a abortar a una clínica ilegal en Oporto. Eran más baratas que las clínicas ilegales gallegas. Pasados los días, mi chica se apretaba los pechos enormecidos por las mareas hormonales y me decía: “Esto era para nuestro niño”. Y se echaba a llorar. Nos echábamos a llorar.

Me acordé mucho de aquel niño y de aquellos pechos cuando leí que “la norma tendrá un efecto positivo sobre la economía porque aumentará la natalidad”. La ley de Gallardón está traduciendo a aquel niño, aquellos pechos y aquel dolor en un valor de mercado.

Si aquel niño, aquellos pechos enormecidos y aquel dolor son un negocio para España, no entiendo por qué ahogamos a inmigrantes en Ceuta. También eran manos, brazos y piernas para ese crecimiento económico que augura Gallardón al arrebatarles una libertad más a las mujeres. Además de machista e inhumana, la frase adquiere así también un matiz racista.

Por eso no soy capaz de entender a las mujeres del PP. Que voten convertirse en coños paridores de esclavos para bonanza de la economía del país. Es demasiado hipócrita y, como poco, una asquerosa prueba de sumisión. Francamente, las mujeres del PP no me merecen el más mínimo respeto cuando aceptan en silencio estas barbaridades. Con esa actitud, también aceptarían que Jesús Posada mandara a las diputadas, después de los plenos, a limpiar el hemiciclo. Y cuando el Congreso estuviera mister Propper, a quitarse los mandiles y esmerarse en las tareas reproductivas. Pero sin gozarlas, que es hondo pecado.

Desde que le dieron el ministerio de Justicia, Gallardón se ha puesto machote. Y a su anteproyecto de ley solo le falta decir que todas las mujeres son unas putas salvo su madre y su hermana. Así que si tienen un embarazo no deseado es por vicio. Una palmada en el culo y a la cocina por zorras. Me da hasta vergüenza escribir esto, pero un diablillo con cara de Gallardón me lo está susurrando subido a mi hombro y pegado a mi oreja. Por supuesto, a la derecha. Pena me dan las mujeres del PP, tan calladas, tan en su cocinita, tan dentro de su mandilón de chachas, tan embutidas en su camisón con pudoroso agujerito en la entrepierna. ¿Alguien podría decirme en qué siglo estamos?

Aníbal Malvar

Aníbal Malvar es periodista y escritor.

sábado, 8 de febrero de 2014

- ÉTICA Y RELIGIÓN.

¿Vivir sin ética, vivir sin religión?

Estamos ante dos saberes de tono casi melancólico que insinúan frágiles esperanzas que nunca podrán fundamentar plenamente. Desde sus diferencias, ambos buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida.

MANUEL FRAIJÓ 8 FEB 2014

Con más frecuencia de la deseada tuvo que escuchar el filósofo y matemático Bertrand Russell la siguiente pregunta: “¿Qué le parece más importante, la ética o la religión?”. Con su habitual desparpajo y contundencia, dejó caer la siguiente respuesta: “He recorrido bastantes países pertenecientes a diversas culturas; en ninguno de ellos me preguntaron por mi religión, pero en ninguno de esos lugares me permitieron robar, matar, mentir o cometer actos deshonestos”.

De esta forma tan gráfica defendía Russell una tesis a la que dedicó no pocas energías: sin religión se puede vivir; sin ética, no. No será difícil estar de acuerdo con él. Pero probablemente él era consciente de que los mínimos éticos que señala —no matar, no robar, no mentir, no cometer actos deshonestos— nos llegan, también, como legado de grandes espíritus religiosos como Buda, Confucio, Moisés, Jesús o Mahoma. Es decir: la ética y la religión han tendido a darse la mano, a caminar juntas, a aunar esfuerzos. De hecho, el 83% de los seres humanos vincula su quehacer ético con su pertenencia a alguna de las 10.000 religiones existentes en nuestro planeta.

Esta decidida voluntad de cooperación no ha evitado roces y trifulcas entre ética y religión. Hace casi un siglo, en 1915, el filósofo neokantiano Hermann Cohen se propuso zanjar la secular contienda entre ética y religión. Su propuesta fue nítida: la religión tiene que disolverse en la ética. Sería, afirmaba, el mayor timbre de gloria de la religión. Es más: una religión será tanto más verdadera cuanto más capaz sea de inmolarse y desaparecer en la ética. Desembocamos así en la ética como criterio de verdad de la religión, la tesis que ya había anticipado Feuerbach, el crítico más severo de la religión: “La verdadera religión es la ética”.

Sin embargo, tal vez todo sea algo más complejo. Desde luego, la ética no es un mal destino para nada ni para nadie. ¡Bien que añoramos su presencia en el día a día de nuestro país! Pero la religión no aceptará de buen grado su autodisolución en ella. Preferirá continuar siendo su compañera de viaje. En realidad, las dos vienen de muy lejos. Juntas han recorrido difíciles etapas y conocido parecidos vaivenes y zozobras.

Las grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la oposición de las iglesias.

No es cierto que la ética empiece allí donde termina la religión. Tradicionalmente hemos responsabilizado a la ética del qué debemos hacer y hemos reservado a la religión la tarea de administrar el qué nos cabe esperar; pero es muy probable que tal división de tareas no sea pertinente. Lo que de veras intentaron siempre tanto la ética como la religión fue presentar un cuadro inteligible de la vida sobre la tierra.

Artículo completo. http://elpais.com/elpais/2014/01/31/opinion/1391181818_441642.html