Mostrando entradas con la etiqueta ESCRACHE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ESCRACHE. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de noviembre de 2013

- GOLFA POLÍTICA.

La gravedad de este escrache reside en la personalidad de quienes lo llevaron a cabo.

Las formas son importantes. En la vida y en la política. Cuando se violentan, la democracia se resquebraja.
En los últimos días hemos asistido a una escalada verbal vergonzosa, así como a acosos intolerables a diversos cargos públicos.
Dirigentes del PP fueron abucheados y acusados de traidores en la concentración que algunas asociaciones de víctimas del terrorismo convocaron el domingo en Madrid. Arenas, González Pons, Floriano, los tres vicesecretarios del PP, padecieron la presión de los más exaltados.
El día anterior, Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía, sufría el acoso de un grupo de malagueños a la puerta de su hotel.
A los españoles nos costó casi medio siglo recuperar los derechos ciudadanos: la libertad de expresión y de manifestación entre ellos. Y hay que seguir conservándolos y ejercitándolos. El espacio público (la calle, la plaza...) debe ser utilizado como el territorio adecuado para expresar nuestro apoyo o repulsa contra quienes nos gobiernan. Es el principio básico de la democracia: que el pueblo se exprese con absoluta libertad. Eso sí, guardando las formas.
Unas formas que saltaron por los aires cuando los acosadores malagueños de la presidenta Díaz golpearon su coche y pronunciaron insultos intolerables. Las cámaras de televisión no mienten: se ve cómo aporrean los cristales del coche y se escuchan con claridad algunos insultos, como “golfa, cobarde y sinvergüenza”.
La gravedad de este escrache reside en la personalidad de quienes lo llevaron a cabo. No eran yayoflautas estafados con las preferentes, ni parejas desesperadas por haber sido desahuciadas después de perder su trabajo. No. Eran representantes democráticamente elegidos por el pueblo, vicepresidentes de la Diputación de Málaga, diputados, alcaldes y concejales de la provincia. Todos ellos del PP.
Su objetivo era entregar una carta a la presidenta Díaz en la que le reclaman el pago de la deuda de 16,7 millones que tiene la Junta con sus municipios. Una petición razonable, en unos tiempos difíciles para las arcas municipales. Pero eligieron unas formas rechazables: el uso de la violencia, aunque sea de baja intensidad. Pero violencia al fin y al cabo.
Con ser grave este hecho, más lo es la tozudez de los dirigentes del PP que cerraron filas en torno a los alcaldes escrachadores. ¡Y negaron el acoso de sus correligionarios! Como si no hubiéramos visto las imágenes repetidas mil veces por televisión.
El secretario general José Luis Sanz marcó la línea a seguir al afirmar que la presidenta Díaz se ha montado “una película”. Todos los demás, incluido el habitualmente moderado alcalde de la capital malagueña, Francisco de la Torre, justificaron la acción de sus alcaldes.
El presidente regional del PP, Juan Ignacio Zoido, permanecía mudo varios días después del incidente. Cuando ya el ministro del Interior, Jorge Fernández, declaró que estaba “radicalmente en contra” de cualquier acto de intimidación contra los cargos públicos, apareció el líder provincial del PP, Elías Bendodo, diciendo con la boca chica que actos como ese “no deben volver a repetirse”. Pero justificando que sus compañeros de filas reclamaran la deuda con golpes e insultos. ¡Qué lejos quedaba aquel calificativo de “puro nazismo” que lanzó la secretaria general del PP contra los preferentistas y desahuciados que escracharon a la vicepresidente Sáenz de Santamaría, de manera absolutamente pacífica! ¿O no lo recuerdan?
Las formas en política están saltando por los aires. Que un cargo público llame golfa a la presidenta de una comunidad autónoma es, además de una grosería, un hecho gravísimo. Que tiene una repercusión inmediata: la ciudadanía huye asqueada del nivel barriobajero de buena parte de nuestra clase política. Una política golfa.

@JRomanOrozco

sábado, 13 de abril de 2013

- ESCRACHES POLÍTICOS.

TAMBIÉN LOS PARTIDOS COACCIONAN.

A mediados de febrero, a instancias del Grupo Popular, la Asamblea de Madrid decidió personarse en el recurso de inconstitucionalidad presentado por el Gobierno de Rajoy contra ese impuesto encubierto que es el euro por receta. Ninguna de las tres formaciones políticas de la oposición –PSOE, IU y UPyD– apoyó la iniciativa. Tampoco lo hizo uno de los miembros de la mayoría, Francisco Granados, contrario a que pleitearan dos instituciones controladas por el PP y que a la hora de la verdad prefirió ausentarse del salón de plenos. El Grupo Popular le impuso una multa de seiscientos euros.

Pocos días después, los catorce diputados del PSC se negaron a votar contra sendas propuestas de resolución favorables a la consulta soberanista en Cataluña formuladas por CiU e ICV a raíz del debate sobre el estado de la nación. Era la primera vez que el PSC rompía la disciplina del Grupo Socialista en el Congreso, y aquello fue causa de un considerable escándalo. El asunto se zanjó con una multa –también de seiscientos euros– a los catorce diputados díscolos, entre las que figuraba Carme Chacón, que había hecho mutis por el foro, igual que Francisco Granados.

Estos son sólo dos muestras, aunque muy recientes, de cómo se comportan los grandes partidos con aquellos que se salen del carril, que no siguen las instrucciones o que votan en conciencia. Les trae completamente al fresco su condición de parlamentarios –cuando la tienen– y la autonomía política que el artículo 67 de la Constitución les concede. Los partidos actúan como si los escaños fueran suyos, no la materialización de un poder delegado de los ciudadanos, y utilizan métodos intimidatorios para imponer su voluntad. La multa es el más benévolo.

Ahora, esos mismos partidos han puesto el grito en el cielo por la coacción que supuestamente ejercen sobre la libertad de voto de los electos quienes participan en los escraches. Un tipo de protesta, por cierto, que no han traído a España las víctimas de los desahucios, sino que había utilizado antes, por ejemplo, la derecha radical –jaleada por su habitual coro mediático– para acosar a los profesionales de las clínicas donde se desarrollaba una práctica legal como el aborto. Por eso, los escraches podrán gustar más o menos, pero resultan de un cinismo insoportable algunas de las voces que se han alzado contra ellos.