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miércoles, 8 de diciembre de 2010

- CONTROLADORES AÉREOS O DEL ESTADO.

Profesionales irresponsables.

EUGENIO S. PALOMARES 08/12/2010 El País

"Los aeropuertos recuperan la normalidad tras el paro de los controladores". Así titulaba, el pasado lunes, la noticia uno de los artículos con los que abría este diario su primera página de Andalucía. Si leías la noticia hasta el final también se destacaba la situación que en la madrugada del domingo sufrió un grupo de saharauis que terminaron el día durmiendo en la terminal sevillana. Dos de ellos, eran menores enfermos. Todos se quedaron sin calefacción a partir de las cuatro de la mañana, protegiéndose del frío con mantas que les facilitó la Cruz Roja. Esta historia, que se dio en el aeropuerto de Sevilla, se suma a otras muchas que tuvieron lugar en el resto de España. Personas que se quedaron sin boda, sin comer y hasta quien volaba con el cuerpo de su madre y terminaron cada una por un lado. Un sinfín de historias personales con crisis de ansiedad como denominador común y a las que se han sumado otras, como han sido las pérdidas millonarias que han ocasionado los controladores con su huelga salvaje y el daño que han hecho a la marca España a nivel turístico, lo que en Andalucía, por ser su primera fuente de ingresos, ha tenido mayor trascendencia.

Pues bien, cuando observas este panorama en el que pequeños y grandes dramas humanos se mezclan con daños al Estado en su imagen y en su recuperación económica; cuando observas también que los responsables de estas situaciones no solo no se disculpan con "aquello de que se les ha ido la mano" sino que arremeten contra periodistas y les insultan, el problema no es puntual. El problema es de fondo y tiene difícil solución. No caben engaños en su análisis. Y no caben engaños porque si de algo saben los controladores es de vuelos y de aeropuertos. De ahí que, a poco que se piense, el abandono masivo de sus puestos de trabajo puede fácilmente entenderse como una decisión, derivada de un proceso de reflexión en orden a su planteamiento y su ejecución con pleno conocimiento del daño personal y económico que iba a ocasionarse, y que se ha ocasionado. Y les ha dado igual emplear la fuerza frente a la sociedad, sin importarles las consecuencias, rechazando los instrumentos que la ley les concede para lograr sus objetivos. Tal vez, y por razones que en este momento no alcanzo a comprender, deben tener interiorizado un complejo de superioridad de tal magnitud que piensan que tienen derecho a todo y frente a todos. Si es así, y por su forma de actuar lo ha sido, es un comportamiento peligrosísimo. Y es peligrosísimo por cuanto los actores de este chantaje a los ciudadanos, privándoles de sus ilusiones; ignorando los daños que iban a ocasionar a familias enteras y despreciando los intereses del Estado, siguen sin dar una disculpa más allá de la que se escuchó en aquel hotel. No se han dado cuenta de su salvajada y si se dieron, como es de presumir por sus conocimientos, nada hace pensar que no puedan repetirla con este o con otro Gobierno.

Los aeropuertos ya han alcanzado la normalidad. Los ciudadanos, y pocas veces se ha alcanzado tal grado de unanimidad, estamos de acuerdo en que la decisión de militarizar ha sido totalmente acertada y ha determinado que en poco tiempo se acabe con este caos. Ahora corresponde exigir responsabilidades. La Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anda en estos menesteres. Las asociaciones de consumidores, también. Sanciones penales, laborales que lleguen hasta el despido se están esperando al igual que las reparaciones económicas a quienes han sufrido daños. Sin embargo, estas respuestas son insuficientes si no se da solución definitiva por todos los grupos políticos y se regula de forma eficaz a un colectivo de profesionales a los que que no les importa usar el chantaje contra los ciudadanos e ignorar las obligaciones de su hacer profesional si con ello mantienen sus privilegios.

sábado, 4 de diciembre de 2010

- CONTROLADORES ¿MÉDICOS?

Profundamente indignados ¿controladores?

4 Diciembre 2010 por rosa maría artal

Había, había, la indignación de los humanos tiene curiosos mecanismos. Veréis… durante un reportaje rodamos en una cárcel de Girona –cuando no había tantos medios de información teníamos acceso a todas las fuentes-. Como era habitual, un recluso se erigió en nuestro protector. Era un hombre adorable que nos facilitó mucho la tarea entre sus compañeros. Terminado el trabajo, tomamos un café enfrente con el director de la prisión y me contó su historia:

La mujer de este hombre se lio con otro señor. Terminó llevándolo al domicilio conyugal. Cuando los amantes decidían, echaban al marido a la calle y todos los vecinos lo veían aguardar a que la pareja concluyera su refocile sexual. El suplicaba desde abajo y no le dejaban entrar en su casa. Alguna vez, se asomaron a la ventana para mofarse de él. Pero, ay, un día le abrieron una carta dirigida a él… y los mató a los dos.

Nunca he olvidado el caso. En España se resume en que una gota colmó el vaso, los judíos -creo- dicen: nunca sabrás que paja rompe la espalda del camello. Me gusta más esta versión, es menos mecánica. Los seres vivos aguantan y aguantan hasta que dejan de hacerlo. Y la paja que derrota, que satura, es profundamente subjetiva.

De repente, la ciudadanía española salta en intensa irritación. ¿Se han hartado del goteo de parados? ¿De cobrar, quien trabaja, con Grecia y Portugal, los sueldos más bajos de la UE anterior a la ampliación al Este? ¿De nuestro miserable gasto social? ¿De tener las tarifas de telefonía y las comisiones bancarias más caras de Europa? ¿De la dictadura de los mercados? ¿De la sumisión del gobierno a los mercados y al todopoderoso imperio para lo que guste mandar? ¿De los dos millones de niños rematadamente pobres que viven en nuestro suelo y cuyas carencias familiares les llevan a la desnutrición?

¡No! es que los controladores aéreos han hecho una huelga sin avisar –que eso si está muy feo- y unas 350.000 personas se han quedado sin poder coger un avión. Con seguridad habrá entre ellos quienes precisen hacerlo con urgencia por motivos serios, pero ¡ay! es que estamos en puente y tenemos vacaciones, igual no podemos esquiar. La paja que ha roto la espalda española de la paciencia me produce náuseas. Egoísta, mezquina, inmensamente desorientada.  ¿Reaccionarán igual cuando “Bruselas” nos “rescate” y nos deje a pan y agua?

A los controladores, dicen, también se les rompió el espinazo con un decretillo de esos que salieron ayer para fastidiarnos un poco más la vida a todos. Y resulta que además son unos privilegiados, que cobran muchísimo. Igual son los que más pasta se llevan de todo el Estado ¿verdad?

No, no, que esto no se puede aguantar. ¿Qué dirán los mercados? ¿Se intranquilizarán y nos mandarán directos al rescate? Como dicen por ahí, igual así entienden que hay muchos españoles con posibles para coger un avión y no todos viajamos en burro.

La reacción ha sido ejemplar y ejemplarizante, no faltaba más. Periodistas indignados echan broncas a los perturbadores del sistema –los controladores, sí- como no lo han hecho jamás -¡dios mío! ¿y su amada objetividad?-. Y el gobierno se calza un par de esos para militarizar el espacio aéreo -¡Jesús, qué susto!- y para decretar un “estado de alerta” que deja en suspenso derechos ciudadanos y por primera vez en democracia. Vaya, vaya.

Tengo muchas más preguntas:

Recién privatizada parte de AENA, cuándo controladores, pilotos, o cargadores de maletas hagan huelga ¿se sentarán en el consejo de ministros los presidentes de las empresas dueñas de nuestro espacio aéreo para adoptar medidas?

¿Por qué no decretaron el estado de alarma para Díaz Ferrán cuando dejó en tierra a miles de pasajeros en las entrañables navidades?

¿Detendrán a los volcanes cuando escupan lava y paralicen el sector aéreo?

Había algo que sí iba a movilizar a la ciudadanía española, al gobierno y a muchos periodistas, lo había. Sorpresas que da la vida. Existen mecanismos democráticos para las huelgas que los controladores no han cumplido, sin duda, pero a mí no me conmueve apenas la indignación social por este hecho. Me da pena en realidad. Por comparación. Así que, para que no se quiebre mi espalda, me voy a dejar llevar.