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miércoles, 25 de julio de 2018

- UN BONARIEGO EN LA GUERRA CIVIL.

FRANCISCO GARCÍA RUIZ



Francisco García Ruiz, Paquillo el Bonariego, nació en Bonares el 7 de noviembre de 1912, pero con seis años le llevaron a Niebla. Era chófer de profesión, persona de izquierdas y afiliado a UGT. Su quinta fue movilizada en la guerra y sirvió en el Regimiento de Artillería Ligera n.º 3 de Sevilla. En uno de los permisos concedidos para ir a Niebla, decidió desertar y buscar cobijo en la sierra, en la Pata del Caballo, donde se unió a un grupo de huidos de los pueblos cercanos. Una noche de marzo de 1937, cuando se dirigía a una casa de campo para recoger unos víveres, fue detenido y esposado en una batida dada por la Guardia Civil. Cuando en unión de otros presos era conducido a la carretera, salió corriendo con las manos atadas y a pesar de los tiros se alejó del lugar al amparo de la oscuridad. En marzo de 1938 se pasó al bando republicano en el sector de Peñarroya. En la guerra sirvió en artillería, en el 11 Cuerpo de Ejército, en Tremp (Lérida).
Pasó a Francia en febrero de 1939 y por las cartas enviadas a su novia, Josefa Pérez Camacho, conocemos los distintos campos de refugiados donde estuvo. Al cruzar la frontera fue internado en Agde (campo n.º 2, barraca M 4). Allí permaneció hasta agosto de 1939 en que fue trasladado a Barcarès y por su condición de chófer asignado al Parque n.º 3. En octubre de ese año fue enviado a Argelès-sur-Mer y destinado al Parque de Transportes para reparar en sus talleres coches y camiones. En octubre de 1940 se hallaba en el campo de Joffre (Rivesaltes), asignado a la 228 Compañía de Trabajadores de Transportes, que dirigía el capitán Serreau. Estos campos se hallaban próximos entre sí. Allí estuvo hasta la primera mitad de 1941, pues en julio se encontraba en Perpignan en el 410 Grupo de Trabajadores Extranjeros.
A pesar del riesgo que suponía su vuelta a España, deseaba regresar lo antes posible a Niebla por el amor que profesaba a su novia. Al pasar la frontera, el 26 de agosto de 1941, fue detenido, llevado a Figueras y luego al campo de concentración de Reus. Desde aquí escribió a su novia el 21 de septiembre, agradeciendo la carta y el paquete con carne de membrillo, almendras tostadas, diez sobres y papel, un paquete de tabaco y un giro de treinta pesetas. Pasó luego unas semanas en la cárcel de Barcelona y el 7 de noviembre fue trasladado a la Prisión Provincial de Huelva. El consejo de guerra celebrado en esta ciudad, el 10 de febrero de 1943, le condenó a treinta años de reclusión mayor por el delito de auxilio a la rebelión militar. La pena fue conmutada por la de veinte años y aunque desde el 9 de mayo de 1943 disfrutaba de libertad provisional, el resto de la pena se extinguió al aplicarle los beneficios del indulto del 9 de octubre de 1945. Pronto vio realizado su sueño al casarse con su novia Josefita. Adquirió luego un camión a medias con un amigo y acabó finalmente de taxista, oficio que le hizo popular en Niebla. Falleció allí el 28 de noviembre de 1991.
Fuentes: Josefa Bernal Ruiz (hermana) ► Documentación de Manoli y Pepa García Pérez (hijas) ► ADPH. Causa 1989/1941, caja 170/2147 ► Reg. Civ. Bonares. Nacim. Tomo 34, fol. 134 ► Reg. Civ. Niebla. Defunc. Tomo 23, fol. 323. ► J. Ramírez Copeiro del Villar: En tierra extraña. El exilio republicano onubense. Autoedición, 2011.

Obtenida de la página web: http://www.todoslosnombres.org/content/biografias/francisco-garcia-ruiz
Primer apellido: 
García
Segundo apellido: 
Ruiz
Nombre: 
Francisco
Municipio: 
Niebla
Provincia: 
Huelva

domingo, 8 de diciembre de 2013

- LA IGLESIA Y LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA CIVIL.

La Iglesia solo admite que fue víctima y niega que también fue verdugo.

Francisco Espinosa Maestre. Historiador.

Decía hace poco el obispo de Tarragona, Jaume Pujol, que cuando “ve la memoria histórica” se da cuenta de que le faltan “sus sacerdotes y el obispo”. Según él, se dijo que en esa lista iban a estar “los dos bandos”. Pero rápidamente añade que los suyos “no son de un bando, son otra cosa…”, ya que hay que distinguir entre la persecución religiosa y la guerra civil. Mantiene Pujol que la persecución religiosa venía ya de antes, de los años treinta, aunque tenga que afinar más y dejarlo en “los años 34”, donde dice que ya hubo más de cien muertos. De ahí que se permitan hablar de “los mártires del siglo XX”. Al contrario que otros, la Iglesia, por supuesto, no abre heridas sino que las cura. Pero hay más. Según el obispo, los asesinos de los 522 mártires no han pedido aún perdón, al contrario que la Iglesia: “El papa Juan Pablo II ya pidió perdón en el 2.000 por toda la Iglesia”, lo cual parece que incluye, aunque no nos enteráramos, a la Iglesia española.

Por su parte, el jesuita y jesuítico exportavoz Martínez Camino se mostró partidario de abrir las fosas comunes. Sería “una obligación de piedad y humanidad”, declaró. Y añadió: “Y lo decimos con toda el alma: no se debe olvidar a ninguna víctima inocente”. Martínez Camino también ha dejado perlas como estas: “[El acto de Tarragona es] ejemplo de perdón al enemigo”, “Los cristianos no queremos tener enemigos” o “La Iglesia no olvida ninguna de las víctimas de los totalitarismos”.

Uno lee con cierto asombro estas declaraciones. No solo debemos soportar que la Conferencia Episcopal organice actos como el de Tarragona sino las justificaciones que dan sus responsables, amplificadas por sus múltiples medios. El obispo debe saber que los religiosos asesinados, tanto durante la revolución de Asturias como a partir del golpe militar del 18 de julio de 1936, no tienen por qué estar en lista alguna de la memoria histórica, porque esto sería repetir sus nombres. Además rebosa cinismo al echar de menos en dichas listas a “sus” sacerdotes y al obispo. A todas las víctimas de la Iglesia se las lleva conmemorando como mínimo desde 1939. Todas las diócesis y órdenes publicaron sus martirologios y la Iglesia se encargó a lo largo de la dictadura de que sus nombres no se olvidaran. Lo que llama la atención es que el señor obispo no eche de menos al diezmado rebaño. Precisamente a sus ovejas degolladas, olvidadas durante décadas, va dedicada la memoria histórica. ¿De dónde saca que “en la lista” iban a estar “los dos bandos”? Los suyos, Sr. Obispo, ya estaban en las listas de la memoria histórica del franquismo, mucho más antigua que la que surgió la década pasada. Esa es su memoria y allí sí que solo estaban los suyos.

Los que de verdad no hemos olvidado a nadie somos los historiadores. No los eclesiásticos como Montero, García Cárcel o Martín Rubio, que como Pujol solo tienen ojos para los suyos, sino los que hemos sacado a la luz la matanza fundacional del fascismo español, bendecida por la Iglesia. En nuestras obras constan también las víctimas de derechas y, por tanto, las de la Iglesia. Sabemos por otro obispo, el citado Antonio Montero, que el número de víctimas que la Iglesia considera suyas anda en torno a las seis mil ochocientas en todo el país. Un número altísimo sin duda que representa el 14 % del total de víctimas de derechas. Pero, en todo caso, un número similar al número de víctimas causado por el fascismo en una provincia como Huelva, inferior al de Córdoba o la mitad o menos del que hubo en Sevilla o Badajoz. El terror rojo acabó con más de doscientas religiosas, muchas de ellas beatificadas. Pero sólo entre las cuatro provincias mencionadas el fascismo católico acabó con más de dos mil mujeres, incluidas embarazadas. ¿Las recordarán alguna vez, Sr. Obispo?

El montaje de la Iglesia española con sus “mártires del siglo XX”, que viene de lejos, exige separarlos de la “guerra civil” y convertirlo en un fenómeno especial ajeno a esta. La Iglesia prefiere hablar de “persecución religiosa” y asociarla a la República, más por el intento de modernización que se llevó a cabo en relación con la Iglesia y en el campo de la enseñanza que por la persecución religiosa en sí. Pujol habla de más de cien muertos antes del golpe militar pero, si nos atenemos a la investigación histórica, no hay manera de pasar de los 34 causados por la revolución asturiana. Y en este caso, la mayor parte de los historiadores, incluso los más  moderados, coinciden en que fueron hechos puntuales que no respondían a ningún plan establecido ni a persecución alguna. De hecho, la inmensa mayoría del personal religioso fue respetada.

Lo que busca la Iglesia al llevar el origen de la “persecución” al 34 es lo mismo que los “Moas” al trasladar el “origen de la guerra civil” a octubre de ese mismo año: despegarse del golpe militar y de sus complicidades. La Iglesia sabe que desde el momento en que se produjo la sublevación tuvo lugar un doble proceso: en la zona en que fracasó provocó un movimiento revolucionario que en unos meses se llevó por delante la vida de miles de personas, y en la zona en que se impuso y en los territorios que las columnas van ocupando un calculado plan de exterminio que deja pequeño al otro. En este plan la Iglesia participa de diferentes formas y eso es lo que nunca ha reconocido. La Iglesia solo admite que fue víctima y sigue ocultando y negando que también fue verdugo.

La agresión vino del fascismo y fue con este con el que la Iglesia se alineó. La guerra civil fue consecuencia del fracaso parcial del golpe. La Iglesia formaba parte del poder, era mantenida por el Estado y controlaba desde el siglo XIX sectores básicos de la enseñanza. Este orden fue el que vino a trastocar la República. Para nadie era un secreto la ideología política de la Iglesia ni el privilegiado estatus de que había gozado hasta entonces. La República, al poner fin a la monarquía,  acabó con la vieja alianza entre el Trono y el Altar y convirtió la religión en un asunto privado al que cada uno era libre de dar la importancia que quisiera. El panorama resultó alarmante para la Iglesia. Sólo que en vez de reflexionar sobre las razones por las que tanta gente vivía ajena por completo a ella y a sus preceptos, prefirió culpabilizar a la República. En 1931 eclosionó una moral laica que se había ido forjando desde finales del XIX. Pero esta situación, acorde con los tiempos, suponía una provocación para la Iglesia, que no podía ver cómo la sociedad seguía su marcha sin tenerla en cuenta para nada.

Pujol dice que los religiosos asesinados no son de un bando, pero al obispo hay que decirle que, quisieran o no quisieran, el hecho de pertenecer a la Iglesia los convertía en parte principal del único bando que existió: el de los sectores que propiciaron, alimentaron y se sumaron al golpe militar cuyo objetivo no era otro que acabar con la República. Fueron muchos en todo el país los religiosos detenidos tras el fracaso del golpe. Pero no por la “persecución religiosa”, sino dentro de las medidas que los comités tomaron para controlar la situación. Parroquias, sacristías y depósitos varios albergarán a propietarios, derechistas destacados, falangistas, curas, obreros serviles, etc. Y allí donde se abrió la vía al crimen morirán todos juntos. Sus asesinos los matan por ser enemigos de clase y por representar una institución reaccionaria. Pero le diré algo al Sr. Obispo: si todos los curas detenidos tras el golpe hubieran sido asesinados, el número de víctimas religiosas habría que duplicarlo al menos. ¿Y sabe por qué no llegó a ocurrir tal cosa? Porque el respeto por la vida estuvo más cerca de los comités que se constituyeron para la defensa de la República que de los que se sublevaron y contribuyeron a su destrucción, Iglesia inclusive. Enerva que con este pasado la Iglesia ejerza de defensora de la vida.

Entre las afirmaciones de Pujol una de las más provocadoras es la de que los asesinos de los 522 mártires no pidieron perdón, pero el papa polaco sí. El obispo debe saber que por cada muerte de estas cayó luego mucha gente y que el sistema judicial franquista no se caracterizaba precisamente por el respeto a las garantías procesales. ¿Sabe acaso lo que dijeron antes de morir los culpables que fueron ejecutados? ¿Ha pensado alguna vez el obispo cuántos inocentes cayeron por cada uno de sus mártires? ¿No se ha fijado nunca en el apartado de la Causa General dedicado a los culpables y su paradero? El perdón pedido por Wojtyla en nombre de toda la Iglesia, ¿se refería a las barbaridades cometidas por la Iglesia en el siglo XX o a lo largo de su historia, en Europa o en el mundo? Pues sí que le salen baratos los pecados a la Iglesia. Y para colmo salen los de aquí diciendo que ese perdón incluía el mal que pudo hacer la Iglesia en España. Asunto resuelto. A algunos nos hubiera gustado que el perdón lo hubiera solicitado la Conferencia Episcopal no sin antes haber especificado los pecados cometidos a partir de julio de 1936. Así, en relación con la Iglesia, además de sus “mártires del siglo XX”, podríamos hablar de sus “pecados del siglo XX”.

Sorprende la llamada que hizo el ya exportavoz Martínez Camino a favor de la apertura de fosas comunes. Pues desde su cargo de secretario de la CEE y como experto en los “mártires del siglo XX” podría haber sido de gran utilidad favoreciendo el acceso a la documentación eclesiástica relacionada con la represión franquista. Por ejemplo, las memorias e informes de carácter interno y los expedientes personales de capellanes, párrocos, obispos, etc. Al fin y al cabo son archivos cuyo mantenimiento pagamos todos y que deberían regirse por la Ley de Patrimonio Histórico. Y digo que deberían porque hasta la fecha ellos deciden qué y quién lo puede ver.

La Iglesia española tiene la creencia de que todas sus víctimas eran inocentes, de lo cual yo no dudo, si bien en lo referente a las provincias que he estudiado hay casos en los que podría aportar  inquietantes matices. Sin embargo, los enemigos de la memoria histórica, entre ellos algunos eclesiásticos, han planteado más de una vez dudas sobre la inocencia de las víctimas del franquismo. Dejando caer: ¿y quién dice que estos que estáis recuperando fueron víctimas inocentes? Ya dijo el cura falangista Martín Rubio que la justicia franquista siempre castigaba por delitos concretos. En definitiva estamos ante lo de siempre. La inocencia de unos se da por supuesto; la de los otros habría que probarla.

Finalmente asombra que Martínez Camino afirme que la Iglesia nunca olvida a las víctimas de los totalitarismos. Se ve que el jesuita debe ser de la escuela del sociólogo Juan José Linz, al que tanto debe el franquismo, y que lo que ha querido decir es que no olvidan a las víctimas del nazismo y del comunismo. Como el franquismo, según Linz, fue un régimen autoritario, pues no hace falta recordar a sus víctimas. Quizás por eso la Iglesia no lo ha hecho nunca. Olvidan la frase con la que el historiador Herbert Southworth cerraba su obra El mito de la cruzada de Franco: “Sí, caballeros, tenéis razón; era una cruzada. Pero la cruz era gamada”.

lunes, 18 de julio de 2011

- LA GUERRA CIVIL Y LA IGLESIA.

La Iglesia puso desde el principio todos sus medios al servicio de la causa.

Carmen Polo, Franco y miembros de la jerarquía católica en la catedral de Santiago, en 1938.

Carmen Polo, Franco y miembros de la jerarquía católica en la catedral de Santiago, en 1938.EFE

Cuando llegó la Segunda República, en abril de 1931, el catolicismo era la única religión existente en España, identificada con el conservadurismo político y el orden social. Hasta ese momento, la Iglesia católica había resistido con fuerza los vientos impetuosos de la modernización y de la secularización. Y había logrado levantar un sólido dique frente a los individuos que disentían de ese orden que ella bendecía y amparaba.

Con la proclamación de la República, la Iglesia perdió, o sintió que perdía, una buena parte de su posición tradicional. El privilegio dejaba paso a lo que la jerarquía eclesiástica y muchos católicos consideraron una persecución abierta. Aumentaron las dificultades de la Iglesia española para arraigar entre los trabajadores urbanos y el proletariado rural. Se hizo todavía más patente el fracaso de la Iglesia y de sus ministros para comprender los problemas sociales, preocupados sólo por el “reino de lo sacro” y la defensa de la fe. La Iglesia se resistió a perder todo eso, que era un poco morir, y se preparó para el combate contra esa multitud de españoles a los que consideraba sus enemigos. El catolicismo, acostumbrado a ser la religión del statu quo, pasó a la ofensiva y se convirtió en una religión de la contrarrevolución.

Y hacia ella se dirigieron los preparativos desde el día siguiente del triunfo electoral de la coalición del Frente Popular en febrero de 1936. El 20 de ese mes podía leerse en El Pensamiento Alavés que “no sería en el Parlamento donde se libraría la última batalla, sino en el terreno de la lucha armada”. La prensa católica y de extrema derecha incitaba a la rebelión frente a tanto desorden. Ya en 1934, el canónigo magistral de Salamanca, Aniceto Castro Albarrán, había publicado El derecho a la rebeldía, el de una rebelión en forma de cruzada patriótica y religiosa contra la República atea.

La Iglesia puso desde el principio todos sus medios al servicio de la causa. Cuando un importante sector del Ejército tomó sus armas contra la República en julio de 1936, la mayoría del clero y de los católicos se apresuraron a apoyarlo, a darle su bendición como defensores de la civilización cristiana frente al comunismo y el ateísmo. Ya se lo había dicho a sus fieles Manuel Irurita, el obispo integrista de Barcelona, en una carta pastoral el 16 de abril de 1931: “Sois ministros de un rey que no puede ser destronado, que no subió al trono por votos de los hombres, sino por derecho propio, por título de herencia y de conquista”.

Ante la imposibilidad de que un rey terrenal rescatara a su pueblo “de aquella situación oprobiosa”, del pecado, tendría que llegar un “Dios Redentor” que trajera a la patria “días de gloria y esplendor”. Así lo pedían todos los católicos, fundidos ya en la primavera de 1936 en una misma idea: Adveniat Regnum Tuum.

El catolicismo se convirtió en el vínculo perfecto del bando rebelde. La sublevación no se hizo en nombre de la religión. Los militares que la concibieron y la llevaron a cabo estaban más preocupados por otras cosas, por salvar el orden, la patria, decían ellos, por arrojar a los infiernos al liberalismo, al republicanismo y a las ideologías socialistas y revolucionarias que servían de norte y guía a amplios sectores de trabajadores urbanos y rurales. Pero la Iglesia y la mayoría de los católicos pusieron desde el principio todos sus medios al servicio de esa causa.

Y lo hicieron para defender la religión, aunque también a ese orden, a esa patria que podía liberarles de la República laica y restablecer todos sus privilegios. Ni los militares tuvieron que pedir a la Iglesia su adhesión, que la ofreció gustosa, ni la Iglesia tuvo que dejar pasar el tiempo para decidirse. Unos porque querían el orden y otros porque decían defender la fe, todos se dieron cuenta de los beneficios de la entrada de lo sagrado en escena.

El catolicismo, tan identificado en la historia contemporánea de España con el conservadurismo político y social, se convirtió en el vínculo perfecto para todos los que se adhirieron al bando rebelde, desde los más fascistas a quienes se habían proclamado como republicanos de derechas. Y así, esa guerra civil provocada por un golpe de Estado pasó a ser una cruzada religiosa para salvar la civilización cristiana, el manto protector del exterminio de “malvados marxistas” y de la “canalla roja” que militares, falangistas, requetés y milicias ciudadanas pusieron en marcha desde el 18 de julio de 1936.

La Iglesia se sintió encantada con que fueran las armas las que aseguraran el “orden material”, liquidaran a los infieles y les devolvieran la “libertad”. Para justificar su implicación en una guerra civil que ella convirtió en cruzada necesitó mucha retórica, la construcción de varios mitos y el constante recuerdo del martirio sufrido por el clero. A partir de ese momento, obispos, sacerdotes y religiosos comenzaron a tratar a Franco como un enviado de Dios para poner orden en la “ciudad terrenal”, para llevar a buen fin una guerra de exterminio y pasar como un santo. Caudillo y santo.

Lo denominaron cruzada, cuando en realidad lo que había detrás de ese bando nacional era una amplia coalición reaccionaria, autoritaria, cuyos componentes se empeñaron en derribar a la República con el brazo ejecutor del Ejército. Con el asalto al poder, esa coalición antidemocrática, antiliberal y antisocialista logró los mismos beneficios y las mismas metas que otras formas autoritarias de movilización de masas que se implantaron en Europa entre 1919 y 1945.

Julián Casanova. Público.es