jueves, 3 de diciembre de 2015

- LOS AMIGOS DE RAJOY.

Los amigos para eso están.

Ya que no fue al debate, Rajoy tuvo su "minuto de oro" en el futbolín de Bertín Osborne. Y ganó la partida.
Todos tenemos un Bertín en nuestra vida: ese amigo fiel que te acoge cuando tienes mal de amores, y te abraza, te deja su sofá, aguanta tus ganas de hablar, te ríe las gracias y se deja ganar al futbolín. Todo para que te sientas mejor. El que no lo tenga, que se busque uno, porque cuando te llegue la bajona necesitarás ese ratito de cariño.
Mariano estaba pasando una mala racha con España, no sabía si cualquier día le iba a poner las maletas en la puerta, y allá se fue a casa de Bertín. “Venga, tranquilo, que estas cosas siempre se acaban arreglando. Siéntate y habla, no te lo guardes que es peor”. Y Mariano habló, vaya si habló. Hora y media sin parar, que en esos momentos jodidos se te suelta la lengua y lo cuentas todo: los buenos y malos recuerdos, los amigos que no has vuelto a ver, la vida que tenías antes de conocerla, los días felices y las broncas, los muchos viajes que has hecho con ella… Cuando Rajoy enumeró los pueblos de Sevilla que había visitado (y eran todos los de la provincia), temimos que siguiera por Jaén y Córdoba, pero ahí quedó.
El buen amigo es el que te aguanta la hora y media sin bostezar, y encima pone cara de interés y hace gestos de asombro ante las naderías que le cuentas: “¿Hay AVE a León? ¿Pero qué me estás contando, presi?” Hasta te celebra las marianadas como si fueran aforismos de metafísica. Y de esas sanchopanzadas tan propias de Rajoy hubo para colección: “Por fortuna la gente piensa de manera diferente; si pensáramos todos igual sería lo malo”. “Si te pones a una cosa, te pones; y si no, no te pongas”. “Los políticos son como serán en todas las profesiones, hay gente magnífica y gente no tan magnífica”. “Aquí la clave es ponerle buena voluntad, cada uno hace lo que puede, no nos vamos a volver locos” (referida a los intentos del anfitrión por encender la cocina).
Como tu Bertín aguanta lo que le eches, tú sigues rajando, y le hablas de tu España, de cómo la sigues queriendo (“un país de primera división”), y de lo mucho que has hecho por ella (el Ave, la recuperación), de las ganas de seguir juntos para siempre (Cataluña y la unidad nacional).
Con la flojera te acuerdas de tu pobre madre, de cuando eras un crío (“yo tenía 22 años y votaba a Alianza Popular”), y te lías a enseñar fotos, con tanto entusiasmo que hasta se te olvida difuminar el rostro de tus hijos para la tele. Al menos las fotos antiguas sirvieron para desmentir esa leyenda urbana de que Rajoy nunca ha sido joven.
El amigo pañuelo te pone música blandita, te sirve un vino y te habla de ella, porque en estos casos es imprescindible que sea amigo de los dos, de ti y de ella. Bertín lo es, vaya si lo es: amigo de Rajoy, y de España. De España entera. No hubo un solo nombre en la conversación del que no se confesara íntimo: Paco Vázquez, Esperanza Aguirre, Felipe González, la alcaldesa de Sanxenxo y, por vía televisiva, amigo de todos los españoles que cada miércoles entran en su casa.
Es importante que sea buen amigo de los dos para que, después de que le hayas llorado lo tuyo, hable con ella y le cuente todo lo que la quieres y lo mucho que vales. “Venga, España, joder, no puedes dejar a un tío como Mariano”. Gracias a Bertín, ayer España descubrió al hombre fieramente humano que llevaba décadas sepultado bajo el burócrata: un Mariano tierno, encantadoramente simplón (en su relato del encuentro con Obama en un gimnasio solo le faltó pedirle un autógrafo). Un Mariano familiar, emotivo y, con un par de albariños, hasta divertido. Como el lunes no fue al debate, su “minuto de oro” lo tuvo ayer en el futbolín, donde hay que reconocer que estuvo increíblemente suelto y gracioso. Los estrategas del PP decían que había que poner piel, y ayer hubo piel como para un almacén de bolsos.
Del sofá pasáis a la cocina, donde el amigo peluche te alimenta y te cuida: “no te vayas a manchar”, “dame eso, que te vas a cortar”, como temiendo que estés más desesperado de lo que pensaba, cuchillo en mano. Pero ya te sientes mejor, así que brindáis “por el futuro de España”, confiado en que te va a dar otra oportunidad, o al menos tranquilo porque sabes que, si el 20D te tienes que ir de casa, siempre podrás dormir en el sofá de Bertín.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

- CATALUÑA.

Siete puntos sobre el interminable debate catalán.

Ninguna de las dos mitades en que ha quedado partida la sociedad catalana tiene derecho a imponerse sobre la otra mitad. Pero para zanjar de una vez este debate es imprescindible votar.
1. No, un 47,8% de los votos no basta para iniciar unilateralmente un proceso de secesión en Catalunya. Ni siquiera es porcentaje suficiente como para reformar el estatuto de autonomía, que exige dos tercios del Parlament; los números no dan. El independentismo tiene la mayoría absoluta en escaños para gobernar y el derecho democrático –incluso la obligación– de exigir un referéndum donde todos los catalanes puedan votar. Pero iniciar de esta manera un ruptura unilateral, ignorando en el camino a más de la mitad de los catalanes y rompiendo con la legalidad, es una huida hacia adelante de una coalición antinatura, incapaz de pactar siquiera algo tan básico como quién presidirá la Generalitat.
2. Es cierto, los independentistas tienen razón cuando acusan la cerrazón antidemocrática de Mariano Rajoy. El presidente saliente no solo es uno de los principales padres del actual problema catalán desde sus años de líder de la oposición, cuando intentó que Javier Arenas ganase las elecciones en Andalucía alimentando el odio anticatalán (y al menos en las urnas fracasó). También es el máximo responsable desde el Estado español de no haber sido capaz de dar una salida política en cuatro años. Cuando llegó a La Moncloa, el independentismo estaba en el 24%. Se ha duplicado, y gran parte de este éxito soberanista es mérito de Mariano Rajoy; el bombero pirómano en acción. 
3. El independentismo catalán ha sido, de largo, el movimiento social más masivo y de mayor calado de todos los que se han vivido en la historia reciente de España. También uno de los más pacíficos y democráticos. La respuesta que han dado las instituciones españolas a esta protesta no ha estado a la altura. El discurso del miedo, el desprecio a los disidentes y la cerrazón a cualquier diálogo ha alimentado esta movilización. Sin embargo, el orden de los factores que hoy plantean Junts pel Sí y la CUP –primero la creación del Estado catalán y la ruptura con la legalidad española, después el referéndum– no es tolerable en términos democráticos y pisotea los derechos de más del cincuenta por ciento de los catalanes. Tampoco vale como excusa que al otro lado esté alguien tan poco dado al diálogo como Mariano Rajoy; afortunadamente, puede que le quede muy poco tiempo en el sillón. 
4. Lo digo una vez más: la ruptura de España sería dolorosa para todos; también ruinosa. Ya somos ciudadanos de segunda en esta UE y no vamos a ir a mejor con una nueva frontera que nos haga aún más irrelevantes en un mundo globalizado donde el tamaño sí importa. Dentro de Europa, la verdadera soberanía hoy reside en los mercados, en el BCE y en Alemania: seguirá estando ahí sin importar si España se rompe en el camino. Y el independentismo mágico tampoco va a lograr un unicornio para cada ciudadano catalán
5. La convivencia entre Catalunya y el resto de España está dañada. También está gripado el propio sistema político catalán, atorado en un debate imposible, donde ya ni siquiera se puede formar un gobierno con más eje que el discurso nacional. Es una relación que hoy ya no se puede recomponer sin recurrir a la democracia y aceptar el resultado. Hay argumentos más que de sobra para oponerse a la secesión, pero ninguno de ellos puede pasar exclusivamente por la defensa de la letra de la ley, ignorando la voluntad popular. Mandar a los tanques, a la Fiscalía, a los Mossos o a la Guardia Civil no va a arreglar la situación: esta espiral de confrontación donde ambos nacionalistas juegan a ver quién da más solo puede agravar un choque de trenes que ya no es teórico, que se ha producido ya. 
6. Si España quiere seguir siendo una democracia, más tarde o más temprano los catalanes tienen que poder votar porque no es sostenible a largo plazo cualquier otra opción cuando casi la mitad de los catalanes quieren irse y más del 80% pide que al menos se les deje opinar. ¿Que el resto de los españoles tienen algo que decir? Claro. Tienen derecho a negociar las condiciones de ese referéndum –o de una hipotética ruptura–, pero en un divorcio la decisión de irse es siempre exclusiva de quien se quiere separar. Así se hizo en Escocia. Así se hizo en Quebec. Así debería ser aquí también.
7. Ninguna de las dos mitades en que ha quedado partida la sociedad catalana tiene derecho a imponerse sobre la otra mitad. Pero para zanjar de una vez este debate –al menos por unas décadas– es imprescindible votar.